miércoles, 24 de febrero de 2010

Las veces de tu nombre

Por el plenilunio de otoño
a través de toda la noche,
di los cien pasos en torno al estanque.

Haiku

"Ninguna forma indirecta más eficaz, para decir la tristeza, que ese 'a lo largo de toda la noche'. ¿Si lo intentara yo también?"
Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso.

lunes, 22 de febrero de 2010

"La noche murmura como una arboleda invisible bajo la luna transparente y pura." Juan L. Ortiz
Filetes
Esa mañana me propuse algo nuevo: buscar la receta para los filetes de pescado que guardaba en la heladera y prepararlos. Me quedé en casa. Afuera corría viento de lluvia, silbaban las ventanas de burletes vencidos. Prendí la radio, abrí la receta, eché sobre la mesada lo necesario y empecé a tajear, condimentar, freír y secar el pescado. De pronto me acordé que habían quedado los toldos del patio levantados. Eso es terrible porque la lluvia los carga de agua y se echan a perder. Pálidos toldos, se descosen, quedan todos ajados, sucios.
Venía recogiéndome el pelo del cansancio, cuando vi sobre la mesada los filetes de pescado... crudos. Ni rastros de fritura, de huevo o de harina, ni siquiera de mis papas en cubitos. Me quedé quieta conteniendo conclusiones. Recorrí cada elemento de la cocina, todo estaba en su lugar habitual, con su color habitual, con su quietud esperada. Hubiera sentido miedo si no fuera por una espátula sucia de aceite caída en el suelo. Esa huella me alivió. Sentí que la vida estaba de mi lado, que el error lo había cometido quien había borrado mi receta preparada. No hay como tener un rival –cualquiera sea- y sentir que le llevamos ventaja antes de conocerlo. Un hilo de malicia surcó mis ojos. El viento seguía silbando, cada tanto oía el ladrido del perro de los vecinos y a los pájaros huyendo del temporal. “Además, no estoy sola”, pensé. La naturaleza sigue su rueda. Busqué mis anteojos y contemplé otra vez la cocina. Con la mirada fui redibujando mis pasos anteriores hasta cerciorarme que era capaz de recordarlos. Y sostener que yo había estado fritando unos pescados.

¿Qué debía pensar? No sé. Me quedé un rato largo en el patio, de espaldas a la cocina. Vi que la luna estaba creciente, que tenía vapor alrededor. Deduje que llovería. “Dejaré los toldos bajos”, me dije. Y no pensé en nada más. Hasta que me dio un hambre loco. Entonces pegué media vuelta y entré de lleno en la cocina. Miré los filetes de merluza blandos sobre la tabla y volví a empezar. Busqué la receta, dispuse todos los ingredientes a mano, prendí la hornalla, calenté el aceite. Esta vez, a diferencia de la anterior, ejecuté los pasos con más lentitud. Cada merluza giraba en el aire, era real, tenía peso y caía muerta sobre el sartén. De tanto en tanto descansaba mi espalda apoyando las manos en la mesada. Descubrí que es muy placentero cocinar con una ventana en frente, tantas veces me tocó cortar papas mirando una alacena o simplemente una repetición de azulejos. Esta vez no. Esta vez cocinaba unas merluzas, las fileteaba mirando por la ventana, el horizonte era otro.

Me olvidé de todo friendo las merluzas, incluso olvidé que era la segunda vez que lo hacía esa noche. Cuando terminé, vi que, tal cual lo predije, se había largado a llover a cántaros. El viento sacudía los toldos y las sombras en el patio eran un espectáculo. Entonces me di cuenta que era mejor bajarlos porque se vencen cuando se cargan de agua. Dejé mis pescados sobre la mesada y salí rápidamente a resolver aquel asunto. Llegué a tiempo, a medida que extendía los toldos, el agua se descargaba sobre las baldosas. Terminé la tarea y corrí a refugiarme en la puerta de la cocina. Sin abrir la puerta, noté que el viento hacía lo que quería con los árboles y que la luna estaba creciente. La vi hecha un gajo blanco y brillante. Era una merluza blanda sobre la tabla del cielo. Fue ahí, creo, que se me antojó comer esos pescados que tenía guardados en la heladera. Hacía ya tanto tiempo.

M.F.